Aurelia Valero Pie

Instituto de Investigaciones Filosóficas (IIFs)

Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)

 

Agradezco a la Mesa Directiva del Comité por invitarme a decir unas palabras en nombre de quienes participamos en alguno de los distintos jurados en el Certamen a los mejores artículos y reseñas publicados en México en 2018 y, sobre todo, por ofrecerme la oportunidad de formar parte de uno de ellos. Y esto por muchas razones. Aunque sin duda todos quisiéramos estar al día en cuanto a los trabajos que se publican en nuestra principal área de especialidad —en el entendido que un desfase de dos años no es todavía pasado a ojos de un historiador—, lo cierto es que a veces necesitamos convertir ese deseo en compromiso para usar a nuestro favor los dictados del calendario y del reloj. Tiempo es lo que así ganamos, tiempo para leernos unos a otros y descubrir ideas y propuestas que trascienden nuestros temas inmediatos de investigación, tiempo para romper con las periodizaciones que nosotros mismos nos hemos impuesto, tiempo para admirarnos ante la calidad, rigor y originalidad de nuestros colegas. 

Más importante aún, también ganamos tiempo para seguirnos configurando como una comunidad crítica, respetuosa y en diálogo constante. En momentos tan desafiantes como los que ahora vivimos, marcados en parte por el miedo, el aislamiento y la incertidumbre, tener la ocasión de reunirnos para discutir aportaciones y ponderar méritos, intercambiar opiniones y reflexionar sobre el porvenir de la disciplina histórica, funcionó a la vez como un bálsamo y como un recordatorio de las virtudes de la vida colegiada y del esfuerzo por pensar en común. En algunos casos este ejercicio se convirtió en una expresión de entrega excepcional por parte de varios integrantes del jurado, entre los que hubo incluso quien desempeñó esas labores —por cierto con un profesionalismo y un temple extraordinarios— pese a estar todavía combatiendo los síntomas del covid. No menos dignos de encomio son los miembros del propio Comité, quienes en un contexto tan adverso lograron organizarnos y llevar adelante un certamen ideado para reconocer la investigación de calidad, establecer nuevos parámetros de excelencia y, a la par, fortalecer el gremio como un todo.

Además de dar cuenta de la gran vitalidad y riqueza que actualmente experimenta la historia en México, con temas que abarcan desde el cultivo de la pintura romántica y el desarrollo del servicio doméstico en el siglo XIX, hasta la configuración de redes trasnacionales de izquierda y la comercialización del petróleo en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cada uno de los artículos y reseñas reconocidos este año encarna aquellos ideales, junto con los valores concretos que abandera cada jurado. Me permito, sin embargo, detenerme en un trabajo en particular, “Nombrar las veintenas en los códices. Estrategias coloniales de reconfiguración gráfica del año entre los nahuas” de Ana Díaz Álvarez, por parecerme modélico en cuanto a los objetivos y función que, en mi opinión, dan sentido a este certamen. No hace falta haber sido un miembro del jurado específico —como yo no lo fui— para percibir las cualidades que lo hicieron merecedor del premio al mejor artículo en el área de historia cultural; cualquier lectura basta para apreciar cómo la atención al detalle y un conocimiento profundo de las fuentes se pusieron al servicio exclusivo de una sólida argumentación, en la que está en juego nada menos que los paradigmas interpretativos de los antiguos calendarios nahuas. Se trata, por consiguiente, de un texto que, sin comprometer la precisión ni el rigor analítico, propone, arriesga y polemiza, como lo muestra la presencia, aquí y allá, de más de un cuarto a espadas. Al distinguirlo con este reconocimiento, el jurado ha sin duda valorado esa capacidad de dialogar con especialistas de ésta y otras áreas, de abrir nuevas vías de investigación y de servir como modelo de excelencia historiográfica. 

Desde luego, todo ello no es sino el sello inequívoco del espíritu crítico, inquisitivo y observador de Ana Díaz, cuyo fallecimiento hace unas cuantas semanas ha crispado de dolor a quienes la conocimos, queremos, extrañamos y seguimos aprendiendo de ella. Su pérdida nos deja más pobres, más solos, más incompletos, si bien igualmente nos recuerda la necesidad de estar al pendiente unos de otros y de fortalecer nuestros lazos como comunidad. Contra aquellas imágenes tan difundidas, en que el historiador aparecía retratado como un eremita absorto en sus papeles, ajeno e indiferente al mundo en agonía, hace falta tener muy presente que la historia se construye en el saber, pero también desde el afecto. 

Sabemos por experiencia que no hay recetas para alcanzar y transmitir esa empatía que a muchos nos condujo al estudio de la historia y, menos aún, para entender cómo traducirla en formas de solidaridad. Me atrevo a sugerir, sin embargo, que un paso preliminar consiste en volver la mirada a nosotros mismos, de tal modo que enseguida podamos dirigirla hacia los demás. No es otro el propósito de la reflexión teórica e historiográfica, cuya inclusión en nuestras actividades cotidianas es a todas luces una tarea todavía pendiente. Ella es la que nos permitirá, desde el punto de vista disciplinario, continuar explorando la brecha entre lo posible, lo actual y lo deseable, seguir transformándonos y responder a las exigencias del día.

Muchas felicidades a los diecinueve galardonados. Que sus trabajos sigan sirviendo como fuentes de enseñanza, de inspiración y de diálogo para todos nosotros.